22 dic. 2011

La bocina del tren.

No me sentía bien, necesitaba descansar, irme. Todos creen que es imposible nadar en las vía del tren. Suena loco, pero yo lo hice. Amaba nadar, y necesitaba liberarme de esa presión rutinaria. Lleve todas mi pertenencias más valiosas a la estación: todos mis ahorros (que no superaban los quinientos pesos), un par de cartas para mi familia, y una cámara Niqon, regalo de mi papá. Apenas había llegado observe como unos nenes pedían monedas en la boletería. Me coloque detrás de una mujer mayor que llevaba una gallina en una jaula. Tuvo una breve discusión con el empleado de la boletería, que le obligaba a no subir el animal al tren. La mujer le respondió con un: 'Yo pagué el boleto, así que la gallina va conmigo sí o sí'. Le arranco el boleto de las manos, le dejo dos pesos y caminó hasta el andén. Luego fue mi turno, dude a que estación iba, pero como era costumbre mía sacar hasta Constitución, lo hice. Y ahí fue cuando me sentí intimidado por una mirada triste que provenía de una cara vacía. Un niño, de unos ocho años, se me acerco, me tiro de la camisa mientras devoraba un pedazo de pan con su otra mano, y con esa vocesita de culpa me pregunto si tenía una moneda. No podía dejar de mirarlo. Era la triste representación del descuidado amor y afecto de los padres. Al mismo tiempo la impotencia me subió a la garganta. Antes de darle el dinero quise preguntarle algo, -Donde vivís?. El chico me miro asombrado, habré sido la primera persona en toda la mañana en dirigirle la palabra. Dudo en responderme, pero después de unos segundos, soltó tímidamente un pequeño balbuceo contestando mi pregunta: -No tengo casa, vivo acá, en la calle. Y en ese mismo instante vinieron sus dos hermanitos, el más grande que rondaba en los seis años, cargando a el mas chico de unos dos años. A cada uno, bajo esas delgadas y sucias prendas, se podían verles las costillas. Tantos hijos de puta que hay en el mundo, dejar a tres criaturas en la calle. Sentí como el nudo en la garganta no me dejaba respirar. Tenía ganas de llorar, pero no podía, yo tenía otro objetivo en mi cabeza.
Los mire, los saludé estrechándoles las manitos y los tres rieron. -¿Tienen hambre? les pregunte, y exaltados me respondieron con un grito que sí. Les propuse ir al bar de enfrente a tomar una chocolatada con medialunas. Cruzamos la calle, los tres agarrados fuertemente a mis manos, entramos a el bar, nos sentamos en una mesa de cuatro, al lado de la ventana. Y de pronto escuche la bocina del tren: ya había perdido uno.
Les pedimos al mozo tres chocolatadas calientes, una docena de medialunas y un café para mi. Los nenes reían y cargaban al mozo, y yo les festejaba los chistes. Hablamos de muchas cosas, y un tema de conversación fue el paradero de sus papás. En ese instante el nene señalo a un patrullero estacionado en la mano de enfrente. Con su lenguaje de bebe intentó explicarme, pero su hermanito le tapó la boca. No entendí la secuencia, así que me dirigí a el más grande: ¿Y sus papás? -Se fueron a comprar, y nos dijeron que lo esperemos acá. -Pero, ¿hace cuanto? Le pregunte, mientras le limpiaba a el más chico las migas de la cara. -Hace mucho, pero nos dijeron que nos iban a traer juguetes. No quise saber más del tema. Me levante furiosamente, me dirigí hacia la caja del bar, pague la cuenta, salude con un beso en la frente a los tres nenes y me fui. Fue una repulsión por cuan hipócritas pueden ser las personas, porque tan basuras y tan desamorados con los hijos pueden llegar a ser algunos, mientras hay millones de parejas que buscan un bebe y no pueden concebir, estas mierdas los dejan abandonados en cualquier parte.
Cruce la calle rápidamente, escuchando las puteadas de un tachero. Caminé hasta el andén. El 'ticketero' me pidió el boleto. Sentí esa típica desesperación por no encontrarlo, hasta que lo sentí todo arrugado en el bolsillo de la camisa. Me marcó con un orificio el ticket, pasé. Observe a la misma mujer de la gallina sentada en un banco todo escrito con graffitis y cosas imcomprendibles, abrazada fuertemente a la jaula. Cuando me senté , noté su mirada de despreció. Y escuche su voz ronquera: ¿Sabes algo? Yo antes era violonchelista. Haceme caso nene, seguí tus sueños, no dejes que nadie se interponga, no sigas a nadie, seguí lo que te dice el corazón...'
'...Seguí lo que te dice el corazón'. Esa frase... rondó en mi cabeza siempre, y creó que está era la primera vez que lo iba a hacer. Siempre fui el pibe común que seguí a la corriente, nunca pensé por mi mismo, y cuando lo hice, muchos dejaron de hablarme. Así que le dije: Mire usted. ¿Pero por qué no siguió? -La verdad nene, fue rápido como pasó todo. Era un hombre, lindo, que tocaba como los dioses la viola, ¿sabes de cual te hablo? Bueno. Me casé con el, tuve un hijo, Nicanor, ¿no te gusta el nombre? Es hermoso- ya llorando, continuaba -Fueron a un ensayo, y nunca más volvieron.
La abrasé, pero no quise pronunciar nada. Terminé mi acción con un beso en la frente y escapé. Es común que en mi pasé esto. ¿La mejor salida rápida ante situaciones incomodas o difíciles de llevar? Si, escapar.
-Buen muchacho, eso eres.
-Muchas gracias señora.
Pero antes de retirarme, vi la oportunidad: -Disculpe, le pido un último favor. Tomé esta plata y las cartas. Le pido que se las haga llegar a quien corresponda. ¡Ah! Antes: en frente, en el bar, hay tres nenes, sin casa, sin papás. Cuídelos, esta plata es para usted y ellos. Tenga cuidado, hay muchos mal vivientes.
La mujer miro desconcertadamente a la gallina, pero acepto.

Seguí mi camino por el andén. Un hombre, al parecer cansado y frustrado, con el apuro de llegar a su cárcel de papeles y computadoras, me preguntó la hora. Le pedí disculpas, no llevaba reloj.
Dirigió la mirada con decepción al piso, pero bruscamente volvió hacia mi: -Pibe, yo a vos te conozco.
Mi cara. ¡Para qué dijo eso! Lo observe y busque por los recovecos de mi cabeza alguna imagen que se asemeje a el. No, nada. No encontraba ningún parecido con nadie. Era la falta de memoria o mi negación rotunda a que no quería que nadie me reconociera en este momento. Ahora no.
No dejé que siguiera con el cuestionario, y pregunté: -¿Me toma una foto junto con el tren cuando venga?
-Sí, por supuesto-. Me contesto el amable hombre.
En ese momento, mientras le entregaba la cámara al buen señor, olí como el aire se perfumaba a el putrefacto olor a diésel. Eche un vistazo vago sobre toda la estación: unos chicos riendo, multitudes de bonaerenses que calmaban su impaciencia con la bocina del tren, como si fuera una música celestial, y a lo lejos la anciana de la gallina discutiendo con un oficial que le quería retener el animal. Parecía que todos en esa estación se negaban a que suba una insignificante gallina al transporte. Empezaron un forcejeo que culminó con la ruptura de la jaula, y supe que era el momento.
-Tómeme la foto, señor.
-Si, pibe. Sonreí.
Gritos agudos y graves, el cacareo de la gallina y el maquinista que abría paso a las cabezas que miraban curiosamente el arribo del tren, fueron mi señal.
Y mi reacción fue: taparme la nariz y lanzarme al vacío.
Pude ver como mis piernas caían libremente, mientras las plumas adornaban la escena, hasta que sentí el impacto.

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